Estos deportes no solo venden entretenimiento, también venden identidad. Se envuelven en nacionalismo, patriotismo y regionalismo para generar lealtades emocionales que ocultan su verdadera lógica económica. El aficionado no es un ciudadano crítico, sino un consumidor fiel; el atleta no es un héroe, sino fuerza de trabajo altamente explotada, aunque bien remunerada para una minoría.
El caso del Dr. Bennet Omalu lo deja al desnudo. Al demostrar científicamente que el fútbol americano provoca daños cerebrales graves y degenerativos (CTE) en quienes lo practican, puso en riesgo no solo su carrera, sino su vida. ¿Por qué? Porque tocó los intereses de un negocio colosal que mueve miles de millones de dólares y que no puede permitirse que la verdad afecte su rentabilidad. La salud humana quedó subordinada al beneficio económico.
Este patrón no es una excepción, es la norma. La vida, el cuerpo y la conciencia se sacrifican en el altar de la ganancia. El espectáculo sirve para distraer, canalizar frustraciones y reforzar mitologías nacionales, mientras la estructura que lo produce permanece intacta.


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