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Movimiento Socialista Mundial

 

 

 

 

 

Simvoir Sisifo

Todos los grandes deportes —fútbol, béisbol, baloncesto, fútbol americano— no son simples expresiones culturales ni “juegos inocentes”: son industrias multimillonarias plenamente integradas al funcionamiento del capitalismo. Producen mercancías, espectáculos y, sobre todo, ídolos de barro, héroes temporales que existen únicamente mientras generan ganancias. Cuando dejan de ser rentables, son descartados sin contemplaciones.

Estos deportes no solo venden entretenimiento, también venden identidad. Se envuelven en nacionalismo, patriotismo y regionalismo para generar lealtades emocionales que ocultan su verdadera lógica económica. El aficionado no es un ciudadano crítico, sino un consumidor fiel; el atleta no es un héroe, sino fuerza de trabajo altamente explotada, aunque bien remunerada para una minoría.

El caso del Dr. Bennet Omalu lo deja al desnudo. Al demostrar científicamente que el fútbol americano provoca daños cerebrales graves y degenerativos (CTE) en quienes lo practican, puso en riesgo no solo su carrera, sino su vida. ¿Por qué? Porque tocó los intereses de un negocio colosal que mueve miles de millones de dólares y que no puede permitirse que la verdad afecte su rentabilidad. La salud humana quedó subordinada al beneficio económico.

Este patrón no es una excepción, es la norma. La vida, el cuerpo y la conciencia se sacrifican en el altar de la ganancia. El espectáculo sirve para distraer, canalizar frustraciones y reforzar mitologías nacionales, mientras la estructura que lo produce permanece intacta.

Mientras el deporte siga siendo negocio, seguirá reproduciendo estas contradicciones. No es un problema moral ni individual: es un problema estructural de una sociedad donde todo —incluso el cuerpo humano— tiene precio.

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