China ataca Kamchatka. El TEG y el año del agotamiento
Por Ezequiel Gil Lezama

La frase “China ataca a Kamchatka” se hizo famosa por una publicidad argentina de pañales de mediados de los años 90, inspirada en el juego de mesa TEG (Plan Táctico y Estratégico de la Guerra).
En el comercial, una pareja discutía quién debía levantarse a atender al bebé durante la noche y resolvían la situación jugando al juego de mesa que copó la cultura popular argentina en los ‘80 y ‘90 y que consistía, mediante la toma de territorios y batallas de dados, en conquistar el mundo o una parte del mismo para ganar.
Hoy, precisamente, el mundo parece recrear el famoso juego que nos atrapó noches enteras a varias generaciones y no son pocos quienes hablan de una tercera guerra mundial. Aquí, por tanto, vamos a ver ese aspecto y las consecuencias en nuestro país, ante todo en una delicada coyuntura. Veamos.
El pacto de no agresión… que dura varios turnos
Decíamos que el mundo actual parece recrear el TEG, distintos conflictos se alzan, amenazantes, sobre la economía mundial: a la empantanada guerra de Ucrania le sigue el actual conflicto iraní, y, en el horizonte, asoma la probabilidad de la invasión china sobre Taiwán.
En este sentido, puesto que en cada uno de esos conflictos se adivina el trasfondo de la competencia entre los capitales norteamericanos y chinos, no son pocos quienes hablan de una tercera guerra mundial que, de momento, se desarrolla en forma indirecta pero que, tarde o temprano, decantará en un enfrentamiento directo.
A nuestro juicio, un escenario de guerra mundial al estilo que conocemos, las potencias combatiendo entre sí, no parece viable.
En primera porque la diferencia militar entre Estados Unidos y el resto tiende a obstaculizar cualquier aventura militar, excepto que se piense en apelar a bombas nucleares y una destrucción mutua.
En segunda, porque el mundo actual es muy diferente del que vimos en los años ‘40, esto es, Alemania, por ejemplo, exportaba en total un 16% de su PBI,donde las exportaciones al Reino Unido representaban un 1% mientras que las exportaciones a EEUU eran un 0.8% de su PBI.
Hoy día las exportaciones alemanas implican un 50% de su PBI y sus principales socios comerciales son EE. EE. EE. UU., China y Europa.
Si vemos EE. EE. EE. UU. y China, la relación y dependencia es aún mayor, el 13% de las exportaciones chinas van a EE. EE. EE. UU. mientras que el 11% de las exportaciones norteamericanas van a China. Esto implica que la interdependencia entre las potencias vuelve casi imposible que se enfrenten en términos militares directos, en tanto pierden más de lo que pueden ganar.
Ahora bien, si se piensa en guerra mundial en el sentido de que los conflictos actuales, como expresión de la exacerbación en la competencia entre EEUU y China, tienen consecuencias globales, pues ahí podemos coincidir. Y en este aspecto vale la pena repasar algunas cuestiones que pueden ayudar a pensar la actual coyuntura.
Si visualizamos las últimas décadas, resulta sencillo distinguir cierta periodización de la economía mundial al ritmo del desarrollo chino.
Partiendo de que no nos cansamos de insistir, el cambio en la materialidad del proceso de trabajo operado hace 50 años, con el desplazamiento del capital manufacturero a Asia, en general, y China, en particular.
Ese proceso, por caso, transforma en activo a una enorme porción de población obrera sobrante latente (lo que se llama “campesinado”), que abandona las zonas rurales para ocupar las ramas industriales: primero aquellas compuestas de trabajo simple, como la textil (Taiwán, Corea del Sur, Hong Kong, Singapur) y luego electrónica, industria ligera, semiconductores, automotriz e industria pesada (China, Japón). Todo este desarrollo se da sobre la base de la enorme baratura de la fuerza de trabajo que ofrecen esos lugares, pero lo mismo, la incorporación de obreros a esas ramas demanda mejores condiciones y, por supuesto, demanda materias primas. He aquí la base del superciclo vivido a partir de los 2000.
De este modo, podemos encontrar que el último periodo expansivo global abarca de 2002 a 2012, con China creciendo a tasas del 10% en promedio, donde la economía mundial se expandió un 3.9% y el comercio creció al 6% anual.
Luego, sigue un período de estancamiento; la economía global crece 3,3% y el comercio apenas un 2,8%. Y entonces llega la pandemia.
Desde 2020 hasta hoy, la economía mundial creció un 3% y el comercio global un 2,6%.
Esto implica que la economía global atraviesa una fase contractiva que deriva de una etapa de estancamiento. Este es el motivo por el cual la competencia entre EE. EE. EE. UU. y China se exacerban.
Por supuesto, la continuidad de la guerra de Irán o, aún peor, un ataque chino a Taiwán abre las puertas del infierno para la economía mundial.
En este sentido, hoy la guerra de Irán golpea a Europa y Asia, o sea, a China.
El año del agotamiento
Por supuesto, todo aquello determina la suerte que corre Argentina. En primer lugar, la recesión global atenta contra la suba de los precios de las materias primas que nos dan de comer, pero, en segundo lugar, un conflicto como el de Irán nos puede liquidar.
He aquí el contexto general que le toca a Javier Milei.
El marco general es una economía mundial que se contrae y, para peor, asoma un rebote inflacionario, pero con tasas altas (la FED 4.5%). Un misil más iraní o un bombardeo norteamericano que reanude el conflicto en Medio Oriente sería letal para nuestra economía, en tanto profundiza la recesión global, eleva la inflación y puede derivar en que EEUU no recorte la tasa, sino que la suba, tal como se vislumbra en Europa.
Una suba de tasas de la FED da por tierra con cualquier posibilidad de acceder al endeudamiento que necesita Argentina: pensemos que con los 600 puntos de riesgo país actuales y la tasa de la FED en 4.5%, implica tomar deuda al 10% anual. Inviable.
Al difícil panorama externo, tanto el estructural como el coyuntural, se le suman los problemas locales.
Javier Milei enfrenta ya la maldición del tercer año (1), que devoró a los últimos tres gobiernos: el candidato de CFK, Scioli, perdió en 2015, Macri perdió en 2019 y el candidato de Alberto, Massa, perdió en 2023.
Esto es, a diferencia de las últimas fases contractivas, la actual se caracteriza por gobiernos de un solo mandato que no se reeligen.
Así las cosas, el gobierno de Milei camina por la cornisa meneando un plan económico harto fracasado que ya produce un agotamiento, incluso, en la propia base del presidente y, sobre todo, adquiere un carácter destructivo cada vez más pronunciado: tercer mes consecutivo de caída de la industria, del consumo (con bajas del 12% en supermercados) y, pronto, caída de la recaudación, lo cual repercutirá en el baluarte de la administración liberal, el equilíbrio fiscal que, si contamos la deuda flotante (un artilugio de todo gobierno para que le cierren las cuentas), podemos afirmar que hay déficit fiscal.
Con las tasas por las nubes, con endeudamiento privado (familiar y empresas), salarios por el piso, un horizonte de quiebras y un gobierno disociado de la realidad (2), no se vislumbra la ansiada recuperación económica.
Y acá está el principal problema, Milei ya no administra expectativas, sino consecuencias de sus propias medidas. He ahí la razón del agotamiento social que empieza a verse y la razón por la cual, de repente, las travesuras de Adorni tienen relevancia.
El capital no juega a los dados
Sin embargo, como ya hemos dicho en otra oportunidad, el fracaso económico rotundo de Milei contrasta con la centralidad política que aún mantiene, con la ausencia de una oposición real.
La reaparición de Macri, las reuniones con el círculo rojo, el recalentamiento de la interna peronista, la idea de un frente amplio nacional, al estilo Lula, las operaciones, de aquí y allá, que engordan candidatos (Myriam Bregman, por caso, evidencia una clara maniobra del gobierno para erosionar a Kicillof en CABA, así como el pastor Dante Gebel erosiona a Milei) prueban que la maquinaria política se pone en marcha. Y que se ponga en marcha expresa que, luego de dos años, hay una movilización social incipiente contra el gobierno. No quiere decir que se traduzca en acciones directas, quiere decir que comienza a tomar forma una base social opositora.
La continuidad del plan económico de Milei es el principal combustible para que aquello se desarrolle, pero insistimos en que el presidente aún mantiene un apoyo social relevante y la centralidad política de la cual carece toda la oposición. Ello le permite un margen de maniobra para pegar un volantazo y llegar a 2027 con serias chances de reelegir.
En este sentido, más que la cuestión política, el gobierno se juega todo a resolver la crisis de deuda que se avecina el año próximo.
Habrá que ver si la carambola que intenta ahora obtener un fondo del FMI, BM, BID y CAF le alcanza para volver a los mercados y despejar los vencimientos que restan este año. Si consigue endeudamiento, bajar el riesgo país y endeudarse el año próximo para afrontar los 19 mil millones de dólares que debe pagar y logra personificar la fase contractiva, plan de estabilidad y crecimiento, en lugar de apostar a romper el ciclo, tenemos Milei para rato.
Si persiste en el sendero actual, será el cuarto presidente que la crisis devora. Al cabo, el propio Paolo Rocca, en representación del sector industrial, ya le picó el boleto y aboga por una forma política ordenada, como Milei, pero con un perfil productivista. Al cabo, el capital no juega a los dados.
En este aspecto, pase lo que pase, también hay Milei para rato aunque venga con un discurso industrialista. Por ejemplo, una Victoria Villarruel con el PJ detrás.



Deja un comentario