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Movimiento Socialista Mundial

El mito del imperialismo hegemonista
La izquierda del capital
La idea de que el imperialismo es exclusivo de algunos países con superioridad militar, política y comercial constituye una falsa concepción que oculta la naturaleza expansiva de todo Estado bajo el capitalismo. Como señaló Rosa Luxemburgo en La crisis de la socialdemocracia (1916), “el imperialismo es un producto histórico del capitalismo en un grado de desarrollo en el cual la producción de mercancías ha alcanzado una supremacía decisiva en la vida económica, y en el cual el capital financiero y bancario se ha convertido en el factor determinante.” Esta afirmación revela que el imperialismo no es un accidente ni una desviación, sino una consecuencia inevitable de la acumulación capitalista.Lenin, en El imperialismo, fase superior del capitalismo (1917), describió cómo los monopolios y el capital financiero transforman al Estado en un instrumento de expansión. Sin embargo, su propia praxis política en Rusia mostró rasgos imperialistas: la Nueva Política Económica (NEP) y el control de territorios periféricos evidencian que incluso un proyecto de dominación. De ahí que pueda afirmarse que Lenin fue también un imperialista, pues utilizó el aparato estatal para expandir capitales y asegurar influencia geopolítica.

En América Latina, líderes como Hugo Chávez desplegaron un discurso antiimperialista, pero en la práctica ejercieron formas de imperialismo regional: exportación de capital energético, influencia política en países vecinos y utilización de mecanismos como Petrocaribe para proyectar poder. Lo mismo ocurre con Estados pequeños como Singapur, que controla rutas comerciales en Asia; Qatar, que compra activos estratégicos en Europa y América; o Israel, que condiciona la política regional con su poder militar. Incluso la República Dominicana ejerce influencia económica en el Caribe mediante turismo, exportación de capitales y control de rutas aéreas.

Autores como Samir Amin y Immanuel Wallerstein han insistido en que el sistema-mundo capitalista convierte a todos los Estados en engranajes de una maquinaria imperialista, independientemente de su tamaño o discurso. La interdependencia global no elimina esta lógica, sino que la disfraza bajo narrativas de cooperación y sostenibilidad. En realidad, cada acuerdo multilateral y cada institución internacional funcionan como escenarios donde se negocia la expansión de intereses nacionales bajo la apariencia de soluciones compartidas.

Por tanto, el imperialismo no es patrimonio exclusivo de las grandes potencias, sino una condición estructural del capitalismo que permea a todo Estado. La crítica marxista revela que incluso aquellos que se presentan como revolucionarios o alternativos terminan reproduciendo la misma lógica de expansión y dominación. El desafío contemporáneo es desenmascarar esta contradicción y reconocer que mientras exista el capitalismo, el Estado —grande o pequeño, hegemónico o periférico— será portador de una vocación imperial, disfrazada de cooperación global.

Caballero Antillano


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