La sombra roja del peronismo: el ascenso de Myriam Bregman (Primera Parte)
16 DE MAYO DE 2026
Por Ezequiel Gil Lezama
A raíz de distintas encuestas que, primero, hallaron en la sorpresiva tercera posición de imagen positiva para Myriam Bregman, debajo de Patricia Bullrich y Javier Milei pero encima de Axel Kicillof, Victoria Villarruel y Cristina Kirchner para luego constatar que el fenómeno Miryam crece, tal como consignó la encuesta de Atlas Intel de finales de abril.
Allí, Myriam Bregman aparece primera en imagen positiva con un 47%, siendo la única dirigente con diferencial positivo (+1%, ya que tiene 46% de imagen negativa). El podio lo completan Axel Kicillof (46% positiva) y Cristina Kirchner (41%), mientras que en el cuarto puesto aparece Patricia Bullrich (37%) y en el quinto Javier Milei (36% positiva).
Decíamos, a raíz de estos números, se desató un frenesí en la izquierda, en general, y en el PTS, en particular, que alcanzó la fantasía de que podían ganar las elecciones.
En este sentido, vamos a tratar varios aspectos:
Uno, un breve repaso del trotskismo en Argentina y el desarrollo del PTS.
Dos,¿ cómo caracteriza el PTS el crecimiento de Myriam y qué dijo respecto de si llegara a ganar la contienda elector?l.
Tres, ¿cuál fue la reacción de la izquierda ante todos aquellos que ofrecieron un programa para gobernar?
Cuatro, qué expresan las encuestas y qué representa Myriam Bregman. Veamos.
El trotskismo en Argentina
Argentina es uno de los pocos, poquísimos, países donde existe el trotskismo. De hecho, hasta hace unos años, solo existía en términos relevantes en Francia y acá (probando que en ambos lugares les apasiona lo abstracto, habida cuenta de que también sólo en ellos el psicoanálisis sigue vigente).
En Francia, el histórico partido trotskista, quizá el más importante de todos, la Ligue Communiste Révolutionnaire (LCR), renunció a la vía insurreccional y, en un giro electoralista, se disolvió en 2009 dando nacimiento al Nouveau Parti Anticapitaliste (NPA), una suerte de Podemos francés o el FIT nuestro.
Luego de algunos desempeños electorales lejos de las expectativas, entró en una crisis profunda que, en 2022, derivó en una fractura: el NPA-A, más institucionalista e integrado al Frente Popular contra Le Pen, y el NPA-R, que mantiene una línea independiente y busca agrupar a otros partidos afines, entre ellos el otro histórico partido trotskista, Lutte Ouvrière (LO), más clásico y obrerista.
Luego, podemos mencionar una presencia fuerte en Sri Lanka, una lejana existencia en Bolivia y nada más. Obviamente existen grupos o partidos en muchos más países, pero no tienen peso alguno.
Decimos, entonces, que Argentina es uno de los pocos países donde existe el trotskismo y, ni hablar, debe ser el único donde es hegemónico en la izquierda, lugar que le llevó medio siglo en ocupar.
En efecto, el primer grupo trotskista local se remonta a fines del ‘20, cuando se formó el Comité Comunista de Oposición, tras una ruptura del PCA, como resultado de la disputa de Stalin-Trotsky.
Ese grupo llegó a editar un periódico, La Verdad, y formó la sección argentina de la IV Internacional.
El grupo estaba dirigido por Antonio Gallo y Héctor Raurich, quienes realizaron una extensa actividad intelectual y, no por casualidad, fueron los únicos trotskistas en tener una caracterización sería del país: Argentina, según ellos, era un país “intermedio” (no semicolonial) donde el carácter de la revolución debía ser directamente socialista, en tanto no existían tareas democráticas pendientes y criticaban duramente las políticas de alianza con sectores burgueses (“frente antiimperialista” o “nacional”) propuestas por comunistas, socialistas y nacionalistas (como FORJA).
Sostenían que la burguesía argentina ya había cumplido su rol revolucionario y ahora era un obstáculo; la lucha debía ser contra ella, no en alianza. La consigna de “liberación nacional” como etapa separada era considerada falsa o peligrosa.
Delicados más a tareas intelectuales que político-prácticas, la hegemonía en la izquierda, en aquel periodo, la ocupará el Partido Comunista.
Sin embargo, pese a una existencia temprana en el país, recién en las décadas del ‘50 y ‘60, el trotskismo logra tener más influencia en el activismo sindical de la mano de la principal figura que tuvo el trotskismo en Argentina, Nahuel Moreno, fundador del Grupo Obrero Marxista (GOM) en 1943 y “padre” de la mayoría de los partidos actuales (PTS, IS, MST, NMAS).
Revitalizado por la Revolución Cubana, Nahuel Moreno, junto a Santucho, funda el PRT (1965) que, tres años más tarde, se rompe en dos: PRT (Santucho), Partido Socialista de los Trabajadores (Moreno), donde el primero prioriza la lucha armada y el segundo tiene una política clásica de trabajo sindical y agitación.
Pese a que desarrolló una tarea sindical importante y fue blanco de las represiones peronistas y militares tras el golpe, el PST tendrá un papel muy menor en la época: es el auge del guevarismo.
Y entonces llega la década del ‘80, donde el notable olfato político de Moreno, que adopta un discurso democrático y más nacionalista, le permite al trotskismo lograr, por primera vez, la hegemonía de la izquierda y conquistar dos bancas en el Congreso: es la época dorada del Movimiento al Socialismo (MAS).
No obstante, tras ser el partido trotskista más grande del mundo, el MAS se rompe en mil pedazos entre 1988 y 1992, tras la feroz lucha interna que desata la muerte de Nahuel Moreno (1987), dando origen a la mayoría de los partidos y grupos trotskistas de la actualidad.
Así las cosas, el trotskismo alcanza la hegemonía de la izquierda sobre dos pilares: la tarea sindical y un discurso democrático y nacionalista.
Este segundo aspecto es clave porque resulta, hasta ese entonces, en la vía más eficiente para sacar al trotskismo del ostracismo y llegar a las primeras planas políticas.
El giro democratista y abiertamente nacionalista (aspectos que, igualmente, están en la raíz de Trotsky) que le imprime Nahuel Moreno al trotskismo local, anticipando magistralmente la necesidad del viraje estratégico que provocará la caída del Muro y la disolución de la URSS, será clave para el desarrollo posterior de la corriente.
Adónde va el PTS
El Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) se fundó en 1988, como resultado de la ruptura de un grupo de la juventud del MAS, que criticaba a la dirección del partido por estar “aburguesada” y dedicarse, menuda paradoja, únicamente a la tarea electoral, descuidando la formación teórica y la inserción en las fábricas.
El PTS, por tanto, nace con un perfil obrerista, sindical y ortodoxo, características que le impiden tener el desarrollo que, en los ‘90, tendrá, por un lado, el MST (ruptura del MAS en 1992) más proclive a la estrategia electoral (forma Izquierda Unida junto al PCA) y, por el otro, el Partido Obrero (PO), que se mete de lleno en la organización de los desocupados y, por ende, será uno de los protagonistas del movimiento piquetero.
Por la ortodoxia, justamente, el PTS no participa del movimiento piquetero, pero sí, sobre el final y antes del 2001, se suma a la organización de algunas fábricas recuperadas (Zanon, Bruckman), pero sigue detrás del PO y del MST, que es la estrella de la etapa.
Durante el kirchnerismo gana relevancia por el auge de la lucha sindical y el declive del MST. Desde esa posición, forma, junto al nuevo líder de la izquierda, el PO, el Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT), una alianza electoral.
El reflujo de la lucha sindical junto a la “plancha” del kirchnerismo y, sobre todo, la aparición de Podemos, el NPA francés y Syriza, de todos modos, no pasan en vano para el PTS que, incorpora a Gramsci, y comienza a girar leyendo correctamente los cambios de la coyuntura.
Primero, de Gramsci, el PTS usará las nociones de crisis “ orgánica” o “ coyuntural” para caracterizar el 2001 y la etapa kirchnerista, que considera “progresiva” por “mayores niveles de justicia y equidad” (1).
Esto es, plantea que no está ni estuvo planteada la lucha por el poder, que la acción sindical es insuficiente y no interpela a los nuevos actores sociales (feminismo, ecologismo, indigenismo, juventud). Y que el FIT, tras el éxito electoral de 2011, es el canal para llegar a esos nuevos sujetos que forman la base del kirchnerismo que, encima, camina a la derrota.
Mientras el PO sigue apegado a su libreto sindical clásico, el PTS, con una buena lectura coyuntural, abandona el sindicalismo y la ortodoxia, se saca el mameluco marrón y se viste, junto a Nico Del Caño, de joven y canchero, en defensa ya no de una clase obrera homogénea, sino en defensa de los trabajadores, las mujeres y la juventud tratando de ocupar el lugar vacante que deja el kirchnerismo al llevar de candidato a Daniel Scioli.
Con ese viraje, en las Paso de 2015, derrota al PO, jubila a Jorge Altamira y se alza como el nuevo líder de la izquierda.
El inesperado triunfo en las PASO de 2015 del PTS, por un lado, “jubiló” a Jorge Altamira y permitió el ascenso de un joven ignoto, Nico Del Caño, como la figura visible de la izquierda y, por el otro, le otorgó al PTS la conducción del Frente de Izquierda.
El éxito del PTS, como dijimos, no se debe a que apeló a las masas “atrasadas” ni porque “lavó” el programa, sino porque supo ver aquello que no vio el resto: la necesidad de ocupar la vacancia que dejaba el kirchnerismo, comprender el agotamiento del sindicalismo y la insuficiencia de una política homogénea para una fracción menor de la clase y expresar las demandas sectoriales (la mujer, la juventud) que hasta entonces expresaba el progresismo.
Notas:

Deja un comentario